El ser humano ha sido capaz de crear civilizaciones con todo lo que ello supone; también ha desmontado los relatos que lo sostenían, es verdad que con artificios, pero todavía no ha sido capaz de proferir las palabras o de producir las narraciones que lo distinguen como unidad espiritual que camina de pie, que se eleva por encima de la tierra que pisa porque aspira y espera. Me atrevo a sugerir que la nota característica de la espiritualidad del ser humano es sobre todo esperanza. La “desesperación puede ser asimilada a una verdadera autofagia espiritual (Marcel: 55), a un ejercicio todavía suficientemente narcisista y con gran potencia para destruir. Y a su vez, la esperanza supone exceder todo condicionamiento, todo aquí y ahora; y no se tratará de una solapada forma de negar la facticidad de lo inevitable, sino precisamente la afirmación absoluta de la vida que responde al infinito: “hay que subrayar –señala Marcel- decididamente cuál es el único resorte posible de esta esperanza absoluta. Se presenta como respuesta de la criatura al ser infinito al que tiene conciencia de deber todo lo que es y de no poder, sin desvergüenza, poner una condición, cualquiera que fuera” (Marcel: 58). Todavía profundizará Gabriel Marcel en esta idea luminosa para preguntarse, sin ápice de socarronería, si no es desesperar declarar que Dios (la trascendencia, el infinito, el Otro no asimilable) se ha retirado de mí (Marcel: 58). Quisiera todavía explicar que la espiritualidad no es una abstracción, porque sólo hay esperanza cuando el ser humano se reconoce como mucho menos que una abstracción, como una encarnación de un más allá que se hace patente para hacer civilizaciones sin violencia, sin mentira, sin envidia. La abstracción está en los males que padecemos, en los sujetos que se abstraen de su condición para robarnos un pedazo de nuestra vida civilizada, pero nunca nuestra esperanza.
domingo, 23 de noviembre de 2014
El ser humano desde la espiritualidad
El ser humano ha sido capaz de crear civilizaciones con todo lo que ello supone; también ha desmontado los relatos que lo sostenían, es verdad que con artificios, pero todavía no ha sido capaz de proferir las palabras o de producir las narraciones que lo distinguen como unidad espiritual que camina de pie, que se eleva por encima de la tierra que pisa porque aspira y espera. Me atrevo a sugerir que la nota característica de la espiritualidad del ser humano es sobre todo esperanza. La “desesperación puede ser asimilada a una verdadera autofagia espiritual (Marcel: 55), a un ejercicio todavía suficientemente narcisista y con gran potencia para destruir. Y a su vez, la esperanza supone exceder todo condicionamiento, todo aquí y ahora; y no se tratará de una solapada forma de negar la facticidad de lo inevitable, sino precisamente la afirmación absoluta de la vida que responde al infinito: “hay que subrayar –señala Marcel- decididamente cuál es el único resorte posible de esta esperanza absoluta. Se presenta como respuesta de la criatura al ser infinito al que tiene conciencia de deber todo lo que es y de no poder, sin desvergüenza, poner una condición, cualquiera que fuera” (Marcel: 58). Todavía profundizará Gabriel Marcel en esta idea luminosa para preguntarse, sin ápice de socarronería, si no es desesperar declarar que Dios (la trascendencia, el infinito, el Otro no asimilable) se ha retirado de mí (Marcel: 58). Quisiera todavía explicar que la espiritualidad no es una abstracción, porque sólo hay esperanza cuando el ser humano se reconoce como mucho menos que una abstracción, como una encarnación de un más allá que se hace patente para hacer civilizaciones sin violencia, sin mentira, sin envidia. La abstracción está en los males que padecemos, en los sujetos que se abstraen de su condición para robarnos un pedazo de nuestra vida civilizada, pero nunca nuestra esperanza.
domingo, 5 de octubre de 2014
Time to heal
viernes, 3 de octubre de 2014
El Sínodo de octubre 2014
domingo, 7 de septiembre de 2014
Elecciones municipales y regionales
miércoles, 27 de agosto de 2014
Usos de la espiritualidad
sábado, 26 de julio de 2014
Te Deum
sábado, 19 de julio de 2014
¿El fracaso de las religiones?
domingo, 6 de julio de 2014
Sabiduría de pobres
lunes, 23 de junio de 2014
¿El medioevo como aspiración?
domingo, 15 de junio de 2014
No habrá paz, sin paz entre religiones
domingo, 8 de junio de 2014
Los lobos que acechan al Papa
domingo, 1 de junio de 2014
A propósito de los Medios de comunicación
domingo, 25 de mayo de 2014
El gran daño de la religión
sábado, 17 de mayo de 2014
La verdad refresca
sábado, 10 de mayo de 2014
La Iglesia frente al juicio de la historia
lunes, 14 de mayo de 2012
A propósito del P. Gastón Garatea
La Iglesia de todos los bautizados tiene que aceptar pensarse y volver incansablemente al trabajo de interpretar el Libro. El Libro da a la Iglesia su sentido último porque nos congrega, esto quiere decir que su contenido no estará en ningún caso contenido en la cabeza de ninguno de nosotros. Si lo leyéramos juntos, el Espíritu seguiría profetizando hasta en nuestras decisiones más cotidianas: “Tomé el libro de la mano del ángel y lo comí. Y resultó dulce como la miel en mi boca, pero cuando lo tragué, se llenaron mis entrañas de amargor. Y alguien me dijo: tienes aún que profetizar…” (Ap 10,10).
sábado, 29 de octubre de 2011
Fragmento de una homilía de Gregorio de Nisa
Lo que la fe cree que está por encima de todo está también ciertamente por encima del discurso. Aquel que intenta comprender lo Infinito a través del discurso ya no lo considera como si estuviera más allá de todo; éste lo asalta a través de su discurso imaginando que lo Infinito es tal que su discurso es capaz de explicarlo cuantitativamente y cualitativamente... Este es el Bien que hemos aprendido a “buscar” y a “respetar”, respecto del cual se nos aconseja estar fijados y atados, está por encima de lo que aprendemos porque está por encima de la creación. ¿Cómo podría nuestro pensamiento, que camina en el espacio del intervalo, cómo podría asir la naturaleza que no puede comprenderse en el intervalo? El pensamiento avanza con el tiempo escrutando sin cesar analíticamente sus descubrimientos más antiguos. El recorre con atención todo lo que es conocido, pero para recorrer el pensamiento de eternidad no encuentra ningún medio que le permita mantenerse fuera de sí mismo ni de establecerse por encima de la duración de los seres que él ha contemplado primero. Esto es como el caso de aquel que se encuentra en la cima de una montaña: supongamos que tenga por debajo una roca lisa y cortada a pico que se extienda hacia abajo sobre una longitud infinita, con una forma derecha y firme, y que en lo alto tenga en su cima a esta punta que con la entrada de la roca escarpada se inclina hacia el inmenso abismo; el sentimiento natural de aquel que al filo del precipicio siente que la roca se inclina hacia el abismo y que no encuentra ningún soporte para su pie y ningún asidero para su mano, es a mi parecer el sentimiento que experimenta el alma que sobrepasando lo que es accesible por los conceptos propios al intervalo buscar la naturaleza que ha precedido al tiempo y que no es comprendida en el intervalo. No habiendo nada que tomar, ni lugar, ni medida, ni ninguna otra cosa que sea capaz de recibir el proceso de nuestro pensar sino deslizándose por todas partes sin encontrar agarradera, el pensamiento es atrapado por el vértigo, desamparado y se vuelve una vez más hacia lo que tiene el mismo origen que él y se contenta respecto de lo que está por encima de él con conocer justo lo suficiente como para estar convencido de que no hay otra cosa que la naturaleza de las cosas conocidas. Asimismo cuando el discurso se dirige hacia lo que está en el discurso es “el momento de callarse” y de guardar en el secreto de la conciencia (sin poder interpretarlo) el asombro delante de este Poder indecible sabiendo que incluso los grandes profetas decían las obras de Dios sin decir Dios con estas palabras: “¿Quién expresará el poder del Señor?” y “Yo contaré todas sus obras” y “de edad en edad alabaré tus obras”. Ellos hablan de las obras.
Sin embargo cuando su discurso se refiere a aquello que está por encima de todo pensamiento es por el contrario el silencio lo que ellos erigen como ley. Y dicen en efecto: “la grandeza de la gloria de la Santidad no tiene límite” ¡Oh maravilla! ¡Cómo ha temido acercarse a la contemplación de la naturaleza divina el discurso que en realidad ni siquiera ha comprendido la maravilla de esto que es contemplado desde el exterior! No dice que no haya límite a la esencia de Dios juzgando totalmente audaz el hecho de acceder a esta idea, sino que se asombra en su discurso de la grandeza gloriosa que contempla. Por el contrario, no ha podido ver la gloria de la esencia ella misma y está atrapado por el estupor concibiendo la gloria de la Santidad. ¡Se ha abstenido, y cuánto, de especular sobre lo que es la naturaleza, aquel que no ha sido capaz de asombrarse de las manifestaciones últimas! ¡Porque no se asombra ni de su Santidad, ni de la gloria de la Santidad, sólo se ha propuesto asombrarse de la grandeza de la gloria de la Santidad! Ocurre que no ha entendido por el pensamiento el límite de aquello de lo cual se asombra. También dice éste: “La grandeza de la gloria de la Santidad no tiene límite” (Gregorio de Nisa, Séptima homilía sobre el Eclesiastés).
domingo, 2 de octubre de 2011
Especie violenta
Hace una semana una horda causaba desmanes durante un partido de fútbol y perpetraba un asesinato. De manera absolutamente consecuente con el modus operandi de una horda, nadie era capaz de hacerse responsable de la víctima.
Ayer conversaba con un taxista y me decía que esa violencia “ya viene de la casa”. Y en parte es cierto, pero la casa como espacio original de socialización es cada uno con su atadura a la especie. Y nuestra especie, después de todo, es animal.
Kant escribió un libro titulado: Sobre el mal radical en la naturaleza humana. En este libro explicaba que nuestra disposición al bien no se ve libre de nuestra inclinación al mal. Tenemos una triple disposición: a la animalidad (tendencia a conservar la especie), a la humanidad (tendencia a la identificación y comparación) y a la personalidad (el hecho de poder responder por los actos). Nuestra disposición a la animalidad puede devenir en brutalidad y violencia. Nuestra disposición a la humanidad puede devenir en envidia y rivalidad. Pero el foco de la moralidad, la personalidad, es incorruptible. Por eso siempre es posible esperar que el ser humano acepte y asuma su responsabilidad. Los asesinos de Walter Oyarce no han sido todavía capaces de reconocerse culpables. ¿Creerán que se trata de un juego, que basta con un poco de astucia y serán librados del entuerto? Sin duda, estos muchachos no se han tomado en serio nada de lo que han hecho en estos últimos días y sólo tienen como cometido “salvar su pellejo”. A la pobreza de violentar a otros y de asesinar, se suma ahora, el cinismo de quienes estuvieron implicados en la refriega.
miércoles, 7 de septiembre de 2011
PUCP: caricaturas y falacias
En la encrucijada de la PUCP hay argumentos que no sólo no ayudan; son suicidas y no precisamente por hacer honor a la verdad. El último artículo de Miguel Giusti (3 de setiembre, diario La República) adolece de pertinencia por falta de objetivación.
Según el artículo, sorprende que una institución en crisis como la Iglesia tenga la posibilidad de influir incluso en política. Tal situación, se aduce, no se imagina en otros países que han desarrollado una conciencia histórica de otro tipo. Inquieta sin embargo la argumentación que hace una caricatura de la Iglesia corriendo así el riesgo enredar el debate.
Miguel Giusti pasa del tema de fondo a la crisis de la Iglesia ¿por los escándalos sexuales? Imposible negar la crisis, pero los abusos son un síntoma y analizarlo es una tarea que requiere esprit de finesse. La crisis de la Iglesia comenzó mucho antes y no precisamente por estas razones. Cuando tomamos la parte por el todo dibujamos una caricatura, provoca risa, pero sólo se aproxima a lo representado.
Ha habido escándalos en la Iglesia. Sin embargo, convendría revisar algunas estadísticas que no expongo por pudor y respeto a las víctimas. Sin justificar de ningún modo tamaña barbaridad, me contentaré con decir que no se trata “masivamente” de los sacerdotes. Ese adverbio transforma el argumento en una falacia. Aunque el nombre de esta falacia es “generalización”, la reiteración irresponsable constituye una mentira. No cabe duda, quien pertenece a la institución puede lamentar con más sentido esta vergüenza, porque entiende la gravedad de los hechos frente a las víctimas. En el artículo se refleja más bien cierto aire de suficiencia porque banaliza los hechos cargándolos alegremente a la cuenta de una institución sin comprometerse con lo que está en juego. Se ignora una realidad que excede con mucho la brutalidad de algunos pseudo-sacerdotes y que obedece a una profunda inconsciencia colectiva de los modos operatorios de nuestra sexualidad y de nuestro deseo en la cultura contemporánea.
Aun suponiendo que los reclamos contra una persona fuesen justificados, el recurso a la ferocidad argumentativa, propia de nuestra ciudad llena combis, no hace otra cosa que poner en riesgo un debate e incluso la posibilidad de permitir que la historia le de la razón. El artículo no puede ser menos oportuno y transparenta una falta de discernimiento.
No viene al caso defender a la Iglesia, como tampoco viene al caso la crítica. Obviamente la Iglesia tiene cosas que resolver pero, al limitado análisis de Giusti, habría que añadir que, en el Perú, no esperamos en las instituciones, nos desesperamos con ellas y así traicionamos el sentido histórico de los procesos de conciencia. Las crisis que ha vivido el país se deben también a la fragilidad de sus instituciones y a la incapacidad para pensarlas hasta sus últimas consecuencias. Mucho más sencillo es afirmar que siempre fueron una ruina y suprimir todo compromiso. En este sentido, sorprende una visión de la Iglesia tan pobre. Ella aparece como clerical, irracional, patológica, y finalmente, ajena a la historia. La honestidad intelectual reclama algo menos de mezquindad con procesos históricos eclesiales de revolución social que muchos, más bien, temen.
La situación de conflicto exaspera, pero un texto escrito constituye una situación privilegiada de distancia con relación a sí mismo y a los sentimientos encontrados. Cada texto permite objetivar. Esa distancia es sana espiritualmente, es el momento de la honestidad consigo mismo para aceptar que la razón puede entramparse. No se puede salir de esta encrucijada apelando a esta agresividad porque eso es ceder ante el ego atrapado en la dialéctica. La razón debe trascender comprometiéndose con cada palabra en debate. Objetivar un sentimiento supone un compromiso con la existencia, con la mía, pero también con otra. Pero esto lo sabe Miguel Giusti mejor que nosotros.
lunes, 29 de agosto de 2011
La PUCP y la Iglesia en el Perú
Es cierto que no se puede, ni se debe, rehuir al conflicto porque forma parte del ejercicio en el que buscamos pensar nuestra manera de vivir y de cohabitar. Cada día nos confrontamos con circunstancias de esta índole que revelan "grosso modo" que "éste tiene algo que entiendo me pertenece" y sólo habrá paz cuando haya cesado este deseo por obtener aquello o cuando, en efecto, se haya obtenido: esta es la resolución del conflicto y equivale, insisto, a la absorción de una posición respecto de la otra. Aunque sea ineludible encontrarnos en posiciones antagónicas, esto no impide pensar de qué modo momentos críticos como éstos permiten desarrollar estrategias para sacar de ellos lo mejor que puedan dar. Claro, no hay que ser iluso, este saludable aprendizaje sólo puede realizarse una vez que la ola y las secuelas de ésta han menguado.
Estamos en el momento más álgido de este problema y es comprensible que uno conceda más credibilidad a una posición que a otra. No se puede ser neutro. Salvo que uno sea Dios, la neutralidad hasta tendría visos de soberbia, pero no es necesario explicitar siempre esa posición. Mi interés es otro y quisiera expresarlo como temores que hace falta razonar.
Temo que la Universidad Católica pierda la oportunidad de pensar la Iglesia o de ayudar a hacerlo. Es necesario trascender el conflicto e interrogarse cómo es todavía posible que el mensaje de la Iglesia sea transmisible a otros. La PUCP puede pensar desde dentro la identidad de una institución que le presta más que el nombre, le presta una responsabilidad.
Temo que la Iglesia pierda la oportunidad de pensar en la formación humana que se realiza desde la academia y se concreta con solvencia en otras instituciones. Es necesario trascender el conflicto y preguntarse cómo participar creativamente en un proceso de formación en el que los alumnos deben cultivar responsablemente su libertad haciéndose cargo de un destino y de un país. La Iglesia puede pensar desde el exterior y desde la diferencia una institución que pueda contribuir todavía más y mejor con las preguntas que nos hacemos cada día.
Pero por encima de todo, temo que este conflicto diluya buena parte de la credibilidad de la que gozan estas instituciones. Y en este sentido, no sólo no debe evitarse el conflicto; hay que saber estar en él, manteniéndose dignamente por encima de él, teniendo como criterio la prohibición de acusar con falsas razones o, lo que sería peor, de involucrar a más actores con el fin de politizar en el peor sentido de la palabra este problema. La política, lo diría de algún modo Levinas, se transformaría rápidamente en un modo operatorio falaz: sólo importaría el poder para aplastar a éste que hoy se atraviesa en mi camino. Nada sería más perjudicial para la credibilidad.